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22/03/2019

¿Debo decirle a mi hijo que es superdotado?

Esta es una pregunta que muchas familias nos hacen cuando reciben el diagnóstico o detección de altas capacidades del niño

¿Debo decirle a mi hijo que tiene altas capacidades? Esta es una pregunta que muchas familias nos hacen cuando reciben el diagnóstico o detección de su hijo. Algunos creen que no es bueno decirle nada porque entonces se volverá soberbio y engreído, o que si se lo dicen le van a etiquetar, o que para qué decírselo si no aporta gran cosa…

No decirle a una persona, sea esta pequeña o grande, algo que como padre o madre sabes y que representa algo esencial para su autoconocimiento, para su comprensión del mundo, para poder construir su autoestima con todas las piezas del puzle, no solo es un error, sino que atenta directamente contra la dignidad e integridad de tu hijo. Es negarle u ocultarle su legítimo derecho a saber quién es. 

La experiencia nos demuestra que, tanto en niños como en adultos, conocer esta información les tranquiliza, les da las respuestas a los interrogantes que andaban buscando, les aleja del miedo a la diferencia, les apoya en su propia individualidad y en muchas ocasiones evita trastornos graves como el síndrome de la Disincronía, el síndrome de Difusión de la Personalidad, distorsiones cognitivas y otras patologías.

Amparo Acereda, en su libro Niños Superdotados señala: “La superdotación no tiene por qué estar unida al estereotipo de problemas o desadaptación. Sin embargo, no debemos olvidar que estos pueden emerger, esencialmente, si el superdotado no es reconocido en la escuela, en la familia y en todos los ámbitos de la sociedad como lo que es, un superdotado”.

El niño o niña con altas capacidades se sabe diferente desde siempre, desde que en la guardería no podía comunicarse con los otros niños porque no le entendían, desde que proponía juegos fuera del alcance de los otros, desde que solo a él o a ella le asustaban y agobiaban situaciones o estímulos normales para el resto, desde que comprueba que no puede controlar las lágrimas o la ira ante una injusticia, desde que saborea el aburrimiento en el aula mientras el resto se esfuerza por leer una frase detrás de otra. Lo saben, pero no pueden definirlo y entonces empiezan a interiorizar que debe haber algo erróneo en ellos, algo malo. La diferencia se suele interiorizar e interpretar como peyorativa, como patológica incluso.

En este escenario emocional y psicológico, saber que lo que te ocurre no solo no es negativo, sino que hay otros niños como él, que sienten y piensan y aprenden de la misma manera, que no hay nada de enfermizo ni de extraño en su forma de ser, que la diferencia es saludable y necesaria y forma parte de la diversidad humana, les tranquiliza, les contiene, les ofrece respuestas, les explica por qué les duelen tanto las cosas, por qué se aburren infinitamente.

Ningún experto que se precie en el ámbito de las altas capacidades dirá lo contrario. Seguramente sí vais a encontrar por ahí, seudoprofesionales que hagan un impúdico exhibicionismo de la más ofensiva de las ignorancias acerca de ello. Y os digan que es mejor no decirles nada, que le vais a etiquetar, que se volverá un pedante, o peor aún, que es mejor no hacer ni decir nada porque tal vez “se les pase”. En esta sociedad de la información, hay opiniones para todo, la cuestión es decidir a qué fuente me dirijo para informarme y construir mi propio criterio. 

Y quisiera dejar claro que detectar no equivale a etiquetar. Y en todo caso, es un mal menor. Es decir, la detección, el diagnóstico es imprescindible para saber qué necesita ese niño o niña en términos académicos, emocionales y afectivos; necesaria para comprender sus reacciones, para ayudarle a gestionar su hipersensibilidad, para acompañarle en su proceso de autoaceptación.

Lo que no se nombra parece no existir, así que se vuelve esencial conocer y comprender para poder actuar. La negación es una autodefensa muy humana, tan humana como errónea y estéril que generalmente desemboca en un agravamiento del problema o convierte en problema lo que originalmente no lo era.

Dice la psicóloga especializada en sobredotación y talento Paula Prober que “saber que eres superdotado, importa. Explicará lo que de otra forma podría crear confusión, inseguridad, ansiedad, depresión, angustia o desesperación. Te permitirá florecer en el mejor ser humano que puedas ser”.

El propio Javier Touron asegura que “la felicidad no se puede lograr si uno no sabe quién es o como es, o qué puede lograr en esta vida. O si lo sabe y le niegan una y otra vez”.

Es decir, tener altas capacidades no es un trastorno, ni siquiera un problema. Pero puede convertirse en tal si lo negamos, lo distorsionamos, lo ninguneamos o no lo atendemos. De forma tal que del fracaso escolar de un niño superdotado, o de la infelicidad y aislamiento de otro, somos cómplices todos y cada uno de los adultos que formamos su universo social y afectivo.

Ahora bien, habiendo un consenso claro y rotundo en este sentido, la cuestión es cómo decirlo. Porque tan negativa es la falta de información como la información mal transmitida, sobre todo cuando de niños se trata, porque ellos vienen programados para creernos a pies juntillas. Somos su filtro del mundo, su absoluto referente. Así que ten cuidado, no solo con lo que les dices, sino también con cómo se lo dices, porque te creerán, siempre, aunque lo dicho atente contra sí mismos y les haga daño, te creerán.

Tan importante es esta cuestión y tanta inquietud despierta entre los padres que nosotros, (Psicología Ceibe) dedicamos un espacio entero en nuestro curso de padres en el nivel II, para detenernos a revisar no solo el cómo lo transmitimos, sino también que creencias más o menos conscientes conviven dentro de nosotros y están contaminando la comunicación con mi hijo en este sentido.

En líneas muy resumidas, se trata de transmitirles estas ideas:

  1. Las altas capacidades son un potencial, también de ellos depende que lo desarrollen o no, a base de esfuerzo, tenacidad y compromiso.
  2. No eres raro, eres escaso.
  3. Tu sensibilidad también es tan alta como tu potencial, eso tiene ventajas y también inconvenientes.
  4. Sigues siendo un niño o niña, no un semiadulto.
  5. No te vas a sentir bien con muchos de los niños de tu edad, pero tendrás que esforzarte en encontrar aquellos afines a ti, y cuidar la relación.
  6. No necesitas hacer alarde de tu inteligencia: tienes luces y sombras, como todo el mundo.
  7. No permitas burlas ni abusos por ser diferente.
  8. Tienes proyectos, ideas, aficiones que no son los de tu grupo de edad. Y eso está bien.
  9. Tienes derecho a exigir en el aula atención diferenciada.
  10. Tienes derecho a preguntar y responder las veces que necesites.
  11. Tienes derecho a no aceptar imposiciones y a que te expliquen el porqué de una norma.
  12. Tienes derecho a elegir a tus amigos y con quién te relacionas.
  13. Tienes derecho a decir que eres superdotado o a no decirlo, así como elegir a quien se lo dices en función de tu propio criterio.
  14. Tienes derecho a ser respetado y aceptado.
  15. No necesitas ser como lo demás, no tienes que comportarte, ni hablar, ni hacer lo mismo que ellos.
  16. Tú eres tú. Y está bien así.

A NUESTROS HIJOS SE LES ENSEÑA A PONERSE MÁSCARAS ANTES DE QUE RECONOZCAN SUS PROPIAS CARAS. SE LES HACE PONER SUS FORMAS TIERNAS Y FLEXIBLES EN CORAZAS PREFABRICADAS. ELIZABETH DREWS

*Olga Carmona es psicóloga y fundadora de Ceibe.

FUENTE: EL PAIS