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Info al Día

29/07/2020

Una escuela "magnética":

La innovadora estrategia de una docente santafesina contra la deserción escolar

Las cifras del abandono escolar en la secundaria ya eran un problema urgente antes de que estallara la pandemia, pero el Covid-19 amenaza con volverlo aún más grande. Entonces, ¿qué hacer? Esa es la gran pregunta que docentes a lo largo y ancho del país se hacen a diario. La emergencia sanitaria evidenció la necesidad de ser más empáticos que nunca con los estudiantes, de repensar todos y cada uno de los aspectos que hacen a la dupla "enseñanza-aprendizaje", de involucrarse activamente con la comunidad en la que se encuentran insertos.

Así lo vive Mariela Guadagnoli, que es docente en una primaria y tres secundarias de la ciudad de Gálvez, en Santa Fe, e impulsora junto a sus estudiantes de la Escuela Profesional Nº 456 Hipólito Yrigoyen del proyecto Adoquines Ecológicos. Se trata de una innovadora propuesta que mejoró notablemente el clima escolar, generó vínculos que sostienen a los chicos y las chicas motivándolos y disminuyendo el riesgo del abandono. Para que el proyecto no se viera frenado por la imposibilidad de ir al taller durante la cuarentena, tuvieron que desplegar distintas estrategias. Ella resume ese desafío en una frase: "Hay que generar escuelas magnéticas que atraigan a los chicos, para que quieran estar y ser parte de la institución, que no solo vayan para aprobar una materia, sino porque disfrutan y le encuentran sentido a lo que hacen".

Mariela, que es una de las 50 docentes de todo el mundo (además de ella, hay otra argentina) que fueron seleccionadas por la Fundación Varkey para participar del Global Teacher Prize 2020 -conocido como el "Nobel de la educación"-, asegura sobre la emergencia sanitaria: "Implicó un reaprender a educar".

Esta docente santafecina, que tiene 49 años y hace casi 23 empezó a dar clases, reparte sus horas laborales entre su trabajo como arquitecta y maestra de tecnología, dibujo y enseñanza técnica en construcciones. La exitosa "fórmula" que viene implementando desde hace más de dos décadas es el aprendizaje basado en proyectos o desafíos, buscando generar un impacto comunitario. "La necesidad de implementar este tipo de aprendizaje me nació cuando veía que los chicos no se interesaban por lo que aprendían, que no podía captarlos y pensaba: '¡Algo tengo que hacer algo para que tengan ganas!'", recuerda Mariela. Acerca de su impacto, asegura: "Este aprendizaje es el que realmente hace que los chicos salgan distintos de la escuela, porque los prepara para la vida. A mi me gusta decir que les da un proyecto vital".

Asegura que la brecha tecnológica se hizo particularmente notoria en la cuarentena. "La realidad de Gálvez es muy dispar. Tenemos escuelas con chicos que vienen de sectores vulnerados que están muy desconectados y también instituciones privadas donde tienen todas las herramientas necesarias. Además, muchos estudiantes trabajan para colaborar en sus casas", señala. Y asegura: "Esto de hacer mis prácticas áulicas trabajando con desafíos hizo que tome la pandemia como uno más, sin desesperar, planificando en base a lo nuevo, afrontando las dificultades e incorporando a los chicos en esta nueva forma de pensar la escuela y su forma de aprendizaje".

Cuenta que docentes y alumnos continúan con una comunicación muy fluida a través de Whatsapp e Internet, "porque el aprendizaje basado en proyectos hace que el vínculo sea otro". "Nos paramos desde un lugar de confianza y los chicos no tienen problema de opinar y compartir lo que les pasa", dice Mariela. El trabajo articulado entre docentes de distintas áreas y estudiantes de diferentes cursos, es para ella clave. Lo ejemplifica contando cómo en las últimas semanas surgió entre los chicos la preocupación por la vuelta al aula. "Armamos un grupo de WhatsApp con 20 chicos y tres profesores, y empezamos a diseñar el protocolo basado obviamente en el de la Nación y la provincia, a trabajar en sus miedos y sus necesidades, e hicimos una clase virtual con una escuela de Uruguay para que nos cuente su experiencia", describe Mariela.

El proyecto Adoquines Ecológicos surgió en 2018 a partir de un desafío concreto: dar solución a las veredas de la escuela que se inundaban y por donde los chicos y las chicas transitan con sus bicicletas. Pero los adoquines eran solo una excusa. Lo que realmente buscaba esta docente era comprometer a sus estudiantes y mejorar el clima escolar, preocupada por varios casos de jóvenes que, con distintas problemáticas, atravesaban momentos de fuerte angustia y depresión. Esta semana se reunieron con funcionarios de la municipalidad de Gálvez para conversar sobre la posibilidad de que el proyecto se convierta en un emprendimiento que no solo implique una salida laboral para algunos estudiantes, sino también para otros jóvenes de la comunidad.

Para Mariela, la cuarentena fue también una etapa para capacitarse. Aprendió a usar aplicaciones para que sus videos explicativos fuesen más divertidos e implementar buenas prácticas que los chicos y las chicas puedan hacer en sus casas, atendiendo sus particularidades. Ella lleva la vocación docente en la sangre. Su bisabuelo Hugo Arozena fue el primer maestro de Gálvez. Su abuela y su mamá también ejercieron la docencia. Por eso, considera que esa mirada de pensar en los estudiantes que tiene enfrente, siempre fue su norte. "No puedo pretender dar lo mismo en todas las escuelas donde trabajo, tengo que conocer a los chicos, saber qué problemas tienen y a partir de ahí construir el aprendizaje, no solo para que puedan participar sino comprometerse con lo que vamos a hacer, con su educación y que disfruten de lo que hacen", afirma Mariela.

El trabajo en proyectos no solo hace que los jóvenes vayan con ganas a clases (y que incluso se salten los recreos o quieran seguir adelante durante las vacaciones), sino también los docentes. "Poner la nota pasa a un último plano porque los ves a los realmente comprometidos -sostiene-. Genera protagonismo, porque empiezan a representar a la escuela, pero además construye vínculos desde otro lugar, porque todos aprenden de los errores de todos y saben que es un paso para mejorar, nadie se burla de nadie. Es educarlos en la resiliencia y la solidaridad". En ese sentido, señala que en el taller, no solo deben enseñar desde lo teórico y práctico, sino también "la parte emocional y los vínculos". "En estos proyectos, el trabajo en equipo es fundamental", destaca Mariela.

Cuando nació el proyecto de los adoquines, Mariela y sus alumnos comenzaron el "camino arduo de probar e incursionar con materiales". Le incorporaron algunos de descarte y gracias a un aporte del Conicet, un químico que hace que los adoquines sean descontaminantes del aire. "Es decir, en presencia del sol y por fotocatálisis, destruyen los contaminantes", explica la dicente. Hoy, están buscando patentarlos y, como la producción es manual, los chicos y las chicas tenían previsto para este año generar una maquinaria que les permita hacerla en serie. "Empezamos a investigar y vimos que todas las que se usan normalmente para hacer adoquines no nos sirven por los materiales que llevan los nuestros, por eso, tendríamos que fabricar una máquina nueva", cuenta Mariela. Como ese trabajo necesita la presencia en el taller, durante la cuarentena se están dedicando a estudiar teoría e investigar.

Entre otros proyectos que surgieron durante la pandemia, Mariela y sus colegas de la escuela Hipólito Yrigoyen junto con exalumnos mayores de edad, imprimieron en las máquinas 3D con las que cuenta la institución, vinchas para armar máscaras protectoras que entregaron en el sector de salud de Gálvez. Fue una iniciativa comunitaria que involucró a otras escuelas y a los bomberos voluntarios. "El trabajo colaborativo y educar a los chicos en eso es genial. Los exalumnos que siguen vinculados con la escuela y es lindo ver cómo vuelven y se sienten parte", cuenta.

Su sueño es que el proyecto de adoquines se transforme en una cooperativa de trabajo, ya que cuenta que muchos de sus alumnos no tienen la posibilidad de seguir estudiando una carrera universitaria o terciaria y ven en ese proyecto una salida laboral. "Creo que ahí va a cerrar el círculo. Incluso ahora van a capacitar a vecinos en un programa comunitario, donde van a tener un rol docente. Sueño con que cada alumno mío sepa lo que quiere ser, ayudarlo a construir su proyecto de vida y que pueda enfrentarse y resolver todo lo que se le plantee. Educarlo para la vida. Por eso digo que el adoquín es una excusa", concluye Mariela.

FUENTE: La Nación