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Info al Día

03/09/2020

El desafío de educar para la convivencia y la sustentabilidad

Si nuestras acciones influyen en otros, eso implica una responsabilidad moral.

Incendios en California, en el Amazonas, en el Delta del Paraná. Inundaciones, sequías, enormes islas de plástico y basura en los océanos. La crisis climática y ecológica se manifiesta de distintas formas, ya es muy visible.

Al mismo tiempo, la actual pandemia nos muestra que el bienestar del planeta y nuestra propia salud están muy conectados, mientras hace más punzante el aguijón de las desigualdades económicas y sociales. La sustentabilidad ecológica y la humana no son dos desafíos diferentes.

Se trata de un mismo problema que requiere de cambios urgentes. Es por eso que la dimensión ética de nuestras decisiones económicas y políticas en los próximos años va a ser trascendental para el futuro de nuestra especie, nuestras comunidades y los ecosistemas que habitamos.

Es evidente que para poder abordar estos desafíos necesitamos colaborar tanto a nivel de nuestras propias comunidades locales como a escala global. Por eso necesitamos una educación en la que los niños y jóvenes aprendan a convivir y a colaborar con quienes son diferentes y piensan distinto, en pos de cuidar al planeta como una casa compartida de la que todos somos responsables.

Cualquier intento de promover un futuro sustentable requiere imaginar una educación diferente, que supere las miradas que separan radicalmente a los humanos de los otros seres vivos y del planeta que habitamos. Si queremos que nuestros niños y jóvenes puedan comprender la complejidad de los desafíos que enfrentamos como especie necesitamos que entiendan la interdependencia y las conexiones.

Tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones cotidianas pueden impactar en personas que están muy lejos, en otros seres vivos y en el planeta como un ecosistema. Y si nuestras acciones influyen en otros, eso implica una responsabilidad moral.

Nuestros estudiantes ya son ciudadanos y ciudadanas que conviven con otros y toman decisiones éticas en un mundo cada día más interconectado. En vez de enseñarles principios éticos en forma de largas listas abstractas de derechos y obligaciones, tal vez podríamos usar sus propias experiencias como punto de partida para ofrecerles una formación ética práctica, que les de insumos para la deliberación sobre las consecuencias de sus decisiones cotidianas.

Así, podríamos llegar a estudiar los grandes desafíos de la humanidad desde nuestras experiencias del día a día y promover debates sobre la responsabilidad moral que cada uno de nosotros tenemos en forma individual y colectiva. Se trata de temas controversiales, que no tienen soluciones simples. Seguramente entre nuestros alumnos habrá posturas diferentes y tal vez debates acalorados. Si así fuera, nos encontraríamos frente a una oportunidad para promover una habilidad fundamental para la convivencia.

La capacidad de conversar respetuosamente con el otro, con el que es diferente, tratando de entender por qué piensa como piensa, por qué defiende los valores y las ideas que defiende, sin necesidad de convencerlo ni de llegar a un acuerdo.

¿Necesitamos estar todos de acuerdo para poder convivir? Probablemente no. El objetivo, entonces, no es formar personas en todo el mundo que tengan exactamente los mismos valores. El desafío es diseñar una educación que forme personas que sean conscientes de la interdependencia del mundo y que, sin dejar de sentir amor por su patria, puedan ver a todos los humanos como sus hermanos y hermanas y al planeta como una comunidad de vida a la que todos pertenecemos y de la que todos somos responsables.

Jason Beech es Profesor de la Universidad de la Universidad de San Andrés – CONICET

FUENTE: Clarín