Acceder

Notas

LA VIOLENCIA HA LLEGADO A LA ESCUELA

Lic. Adriana Calzon

Basta mirar un periódico de hoy en día para saber de esta presencia. La misma violencia que sufre la sociedad, en la calle, en un estadio de fútbol, ha llegado a las aulas.

Causales de este fragelo pueden citarse muchos: la crisis en las familias, el exceso de trabajo y el abandono de los hijos, en algunas, así como el desempleo en otras; la falta de límites, el alcohol, la droga, la pérdida de valores, la crisis política, económica y social; la influencia de la televisión… Pero lo importante es destacar que ninguno de estos factores es, por sí solo, causal de violencia. Este fragelo es siempre consecuencia de una multicausalidad, de una combinación de factores que generan una descarga violenta. También hay una predisposición personal a desencadenar un hecho de esta magnitud.

Es entonces, necesario, conocer de este tema, hablar del mismo, analizar nuestras propias actitudes, y desde allí, ampliar la mirada y proponer estrategias de abordaje y acción desde la escuela.

Para comenzar, considero necesario definir los términos agresión y violencia; tratar de vislumbrar las posibles líneas de análisis de situaciones de violencia escolar y desde allí proponer algún camino a seguir.

Deteniéndonos en el primer punto, la agresividad es la capacidad del hombre de oponer resistencia a algo o alguien; no es en sí misma ni positiva ni negativa, abarca los dos aspectos, y todo dependerá de cómo se lleve a cabo, es decir cuando se pone en acto. El acto es la agresión propiamente dicha, y como toda conducta es una forma de comunicación que tiene una dirección (el hacia qué o quién va dirigida) y una intención.

La violencia, en cambio, nos remite desde la etiología de la palabra al concepto de fuerza, y el uso de la fuerza se relaciona con el concepto de poder. Históricamente la violencia siempre ha sido un medio para hacer ejercicio del poder, relacionada con el predominio a través de la fuerza. El objetivo, entonces, de una conducta violenta siempre alude a una lucha de poderes; el daño subyace, ya sea a nivel físico (el más evidente), psíquico o emocional, pero no es el principal objetivo.

F. Doltó dijo alguna vez que “Donde el lenguaje se detiene, lo que sigue hablando es la conducta”. Cuando en un grupo escolar se suceden hechos de violencia será necesario “leer” esas conductas, y para ellos hay diversos caminos.

Por un lado, si el protagonista de los hechos es recurrentemente el mismo alumno, puede entenderse su actitud como un síntoma individual emergente del afuera, relacionado con su dinámica familiar. En ese caso será fundamental detectar el problema y realizar una orientación o derivación al ámbito adecuado para su análisis, así como la denunciarlo si llegase a ser necesario.

Por otro lado, sabemos que en un proceso de enseñanza-aprendizaje se dan aspectos organizativos, didácticos y también vinculares; los alumnos se relacionan entre sí a partir de su propia historia pero también de espacio que otros miembros del grupo le dejan. Habrá, entonces, que observar también aquellas situaciones caóticas que se generan en la dinámica grupal.

Pero me interesa no dejar de mencionar una tercera lectura en la que entra en juego la variable personal del docente. Si volvemos a la definición de violencia, si ella es una manifestación de la lucha de poderes, este concepto llevado a la escuela nos permite entender a la violencia como una lucha por el saber, que surge cuando el poder es ejercido por alguien puesto en el lugar de “dueño de la Verdad” y cuando no hay circulación del conocimiento.

Ahora bien, en este breve análisis realizado, podemos concluir diciendo que los docentes pueden ser, al mismo tiempo, receptores, contenedores y generadores de hechos de violencia. Por esto considero necesario trabajar con ellos en este sentido; su rol viene siendo desvalorizado, cuestionado y transformado por décadas, y qué más puede exigírseles, pero esta es una realidad que hay que enfrentar por el bien de todos los que integran la comunidad educativa.

Este trabajo con los profesionales de la educación tendrá como objetivo, por un lado, que los maestros puedan entender las situaciones de agresividad y violencia como una forma de comunicación, pudiendo leerlas de alguna manera, dándoles la importancia que se merezcan y realizando las orientaciones o derivaciones necesarias.

Pero, por otro lado, tendrá un carácter preventivo. La disciplina no es un saber innato, se construye; por lo tanto puede considerársela como un contenido más del proceso de enseñanza-aprendizaje. Para eso el docente deberá contar con espacios donde revisar sus modelos internalizados de autoridad, de respeto, de obediencia, de saber…

Cuántas veces se intenta imponer normas con violencia, y con violencia se intenta mantenerlas. Por qué no pensar que así como hay normas instituidas por una “ley superior”, hay otras normas instituíbles que dependen directamente del docente, y que al tener que ver con la convivencia en el aula pueden construirse con los alumnos.

Trabajar con los alumnos valores como la cooperación, el respeto mutuo, la solidaridad, crea en ellos la necesidad de justicia. Hablar con ellos de estos temas les permite poner en palabras lo que sienten y así, mediatizar sus conductas.

En síntesis, creo necesario que los maestros puedan formarse una mirada diferente para decodificar y accionar sobre la realidad del aula, como una forma de mejorar el clima de trabajo, y prevenir o asistir las situaciones de violencia que pudieran presentarse.