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Notas

DE LA VIOLENCIA ESCOLAR AL JUEGO DE ROLES

Lic. Adriana Calzon

En artículos anteriores hemos hablado del flagelo de la violencia, de su presencia en nuestras aulas. Consideramos que la responsabilidad que tiene la Escuela puede plantearse en dos dimensiones: la de la denuncia a los organismos correspondientes de aquellos casos que detecte, por un lado, y la de la prevención en el trabajo diario con los alumnos, por el otro. En esta oportunidad, vamos a detenernos en la segunda.

Hace tiempo ya que se abandonó la idea del alumno "tabla rasa", que llega a la escuela vacío de saberes e intereses. Desde hace años, las nuevas corrientes pedagógicas comenzaron a definir al niño como sujeto de conocimiento, y como un ser integral, constructor de sus propios saberes. Entonces empezamos a hablar del respeto a los intereses del niño, del aprender "haciendo", de la importancia del trabajo participativo, por proyectos… La reforma educativa habla de contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales. Se buscan aprendizajes participativos, partiendo de la realidad del niño. Ahora bien, ¿cómo se enlaza este perfil de aprendiente con la prevención de la violencia?
Si el niño "vive" la violencia, como víctima o testigo, más o menos cercano, ¿podemos partir de esa vivencia y tratarla en clase, como un contenido más de aprendizaje? ¿Y los hechos de violencia que surgen en la misma institución educativa?


Tomemos como ejemplo, alguno de los casos de violencia escolar transmitidos por los medios de comunicación. Los alumnos ven la televisión y se enteran de ellos. Más de una vez hemos escuchado sus "impresionados" comentarios al llegar a la escuela. ¿Por qué no tratar el tema en clase? ¿Por qué no partir de allí para aportar algo a la prevención de este flagelo que nos preocupa? Dejemos que los niños opinen, se manifiesten; incluyamos la subjetividad en el aula. Si como adultos nos conmueven esos casos, por qué no detenernos frente a los sentimientos de los alumnos, dejando que afloren, que puedan ponerse en palabras, que sean compartidos.


¿Qué pasa cuando un niño es agredido en la propia escuela?, cuando es violentado en cualquiera de las formas que la violencia adquiere: física, verbal, psicológica… Pensemos que la violencia aparece cuando no media la palabra, cuando frente a un conflicto aparece el uso de la fuerza contra algo o alguien como método de resolución. ¿No podemos ayudar a nuestros alumnos a ponerles palabras a los golpes y a las reacciones? ¿Podemos ayudarlos a lograr ese instante de reflexión previo a la acción? ¿Por qué no aceptar que también esto forma parte del aprendizaje?


Puedo contar una experiencia. Recuerdo un alumno de tercer año E.G.B 1, que era muy inestable emocionalmente; su papá viajaba a menudo por trabajo y esos períodos de ausencia se le hacían muy difíciles. Durante los mismos, cualquier inconveniente en la escuela lo alteraba y lo enojaba mucho. Su "furia" podía verse en sus manos, y hasta en sus piernas, que destrozaban lo que tuviera cerca, y también en sus ojos. Si hablaba, era sólo para decir malas palabras. Un día se enojó conmigo y nunca voy a olvidar su mirada…¡parecía perforar con esos ojos! Pero se me ocurrió ponerle palabras, le dije que yo sentía que con su mirada él me quería pegar, y que entendía que eso a él lo hacía sufrir. Recuerdo que en el momento se sonrió y se aflojó. Después supe que le había contado a una autoridad de la escuela que había estado "mirando a su maestra con ganas de pegarle". Obviamente no se solucionaron mágicamente sus problemas, pero ya no hubo tanta furia en su mirada, y había podido ponerle palabras a su acción.


El ejemplo nos hace pensar que, si bien una maestra puede estar atenta y oportunamente encontrar un comentario apropiado para ayudar al niño a poner en palabras lo que siente, es importante que esto forme parte de un proceso, de un proyecto institucional a largo plazo. Los comportamientos aislados no producen el efecto deseado.


Probablemente si abrimos la posibilidad de diálogo, si hay lugar para el sentimiento, si logramos crear un clima de confianza en el aula, el niño que sea víctima de violencia en carne propia, en su casa, que sienta temor, y que difícilmente hable de lo que le sucede, tal vez pueda acercarse a su maestro y encontrar por esa vía la contención que necesita y la mano que denuncie el maltrato.


Volvamos a la cuestión planteada. Si estamos de acuerdo en considerar que nuestras violencias cotidianas surgen como una forma inadecuada de resolver los conflictos; que en esos casos la acción prevalece a la palabra; que el tema de la prevención de la violencia puede ser considerado como un contenido de aprendizaje, podemos tomar a los conflictos, reales o ficticios, como el material a ser trabajado en el aula.
A partir de allí, muchas son las técnicas que podemos emplear. Dependerá de la edad de los alumnos y de la creatividad del docente, entre otra serie de factores. Pero teniendo en cuenta el eje central que reúne las notas de este número de Psignos, detengámonos en el juego de roles.


¿Cuál es el mayor valor que presenta esta técnica? Sin dudas, la posibilidad de ponerse en el lugar del otro. La dramatización es una forma de expresión natural, es una actividad esencialmente creadora, algo que el niño hace desde pequeño, cuando imita por placer. La técnica consiste en la representación teatralizada de situaciones, con el propósito de lograr una mejor comprensión de las mismas. Es recomendada para tratar hechos de difícil comunicación. Cada actor tiene libertad para representar su escena, real o hipotética. Lo interesante es, también, el intercambio de roles. Muchas veces es más fácil hablar cuando se interpreta un "personaje". De allí la importancia de que los niños experimenten en el lugar de víctima, pero también en el lugar de victimario. Siempre con libertad. En la medida en que la técnica resulte familiar, será mayor el número de voluntarios.


Terminada la dramatización es esencial abrir al diálogo. Dejar que cada uno exprese lo que sintió, lo que pensó, tanto los "actores" como los que fueron espectadores de la escena, qué aprendieron, cómo pueden trasladar eso a otras situaciones de la vida diaria. Es fundamental que puedan sacarse algunas conclusiones. Esas conclusiones pueden luego ser escritas, en carteles, para tenerlas presente. Y pueden volver a tratarse en otro momento, si fuera necesario.


Este último momento es fundamental, porque también sirve para aflojar la tensión y la movilización que las escenas pueden haber provocado. Es importante no olvidarnos de este aspecto.
Esta técnica es aplicable a todas las edades y a infinidad de situaciones.



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